Evangeline Olmos.
El sonido constante y sutil del aire acondicionado de mi propia suite me devolvió a la realidad antes de que los primeros rayos del sol lograran colarse por las pesadas cortinas. Me había marchado de la habitación de Maximilian en la madrugada, arrastrando los pies tras el último y prolongado encuentro frente a los ventanales, regresando a la soledad de mi cama con el cuerpo exhausto y el eco de sus palabras grabado a fuego en mi mente. Al estirar la mano sobre las sábanas, s