Maximilian Voss.
La entrada del establecimiento no poseía el esplendor arquitectónico de las oficinas de la corporación, pero la seguridad era infinitamente más rigurosa. Cruzamos el umbral de madera negra y fuimos recibidos por el recepcionista de la barra de control, un hombre de traje impecable que custodiaba el anonimato de la institución con un celo corporativo. Pagué la tarifa de entrada correspondiente a Evangeline con mi tarjeta privada de alta gama, registrándola formalmente bajo mi