Maximilian Voss.Ver cómo sus piernas reaccionaban antes que su propio cerebro fue un espectáculo sublime. Me quedé estático en medio del cubículo metálico, contemplando la transición exacta entre su indignación y su absoluta sumisión. Cuando mi voz dictó aquella orden implacable, vi el destello de incredulidad en sus ojos claros, pero su fisionomía no pudo luchar contra la gravedad de mi autoridad. Dio ese paso apresurado hacia el pasillo del piso doce, dócil, con los hombros tensos y la respiración entrecortada. Justo antes de que las pruebas de acero cepillado comenzaran a cerrarse, ella giró el rostro leonino, coronado por esa melena de un cobrizo encendido que parecía quemar el aire a su alrededor. Me miró buscando respuestas, tal vez buscando una disculpa que jamás iba a llegar. En su lugar, dejé que una sonrisa ladina, cargada de una suficiencia depredadora, se dibujara en mis labios. Quería que supiera que la había doblegado. Quería que se fuera con la certeza de que su c
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