Evangeline.
El agua caliente de la tina me había devuelto una falsa sensación de refugio, una burbuja de mármol y sándalo donde las reglas del mundo exterior parecían suspendidas. Pero en la suite número ocho, el tiempo no se detenía y los contratos no daban tregua. Al salir del baño, con la piel aún húmeda y evaporando el calor del hidromasaje, me enfrenté de nuevo a la cruda realidad de la estancia. Maximilian se vistió con una parsimonia imponente, recuperando su pulcritud de sastre como si