Evangeline.
El eco de los gemidos que hace solo unos instantes llenaban la estancia comenzó a disiparse, reemplazado por el zumbido constante y sordo del aire acondicionado de la suite número ocho. Me quedé inmóvil sobre el sofá de cuero negro, con las piernas aún entumecidas y la respiración recuperando un ritmo dolorosamente lento. El calor del semen de Maximilian comenzaba a enfriarse sobre la blancura de mi pecho, un rastro húmedo que brillaba bajo la luz roja y densa que lo inundaba todo.