Magnus Miller permaneció inmóvil, con la mirada oscilando entre la arrogancia herida de Jones y la inesperada absoluta seguridad de Arriaga.
El silencio en el ala médica era tan denso que el zumbido del aire que se colaba por la ventana parecía un rugido.
Helena, con las manos aferradas al borde de la camilla, sentía que el aire no llegaba a sus pulmones, el juego de Alex era brillante, pero la audacia de Arriaga era una apuesta a todo o nada.
— Explíquese, doctor — ordenó Magnus, su voz era un