El silencio que siguió a la partida de Magnus y sus médicos fue denso, casi sólido. El Dr. Arriaga se dejó caer en una silla, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo tembloroso.
No era solo el alivio de haber sobrevivido a la guillotina de Jones, era el peso de la mentira que ahora cargaba sobre sus hombros.
— Esto ha sido un milagro, pero no tendremos dos — susurró Arriaga, mirando a Alex — Magnus ya me lo advirtió, no se perderá la inseminación. Quiere estar allí, ver cómo introduzco