La última barrera de tela fina cayó finalmente al suelo de la suite, dejando la pomposidad del palacio real, los títulos oficiales y el peso de la corona reducidos a la más absoluta nada. Sobre las sábanas de seda cruda, Megan se sintió completamente desarmada, desnudada de su armadura pública, pero extrañamente libre por primera vez en años. El contraste abrasador de la piel cálida del general contra el frío encaje de su antifaz negro mantenía encendida la llama de esa doble identidad que ambo