El reloj de pared de caoba del despacho real marcaba las las cinco y cincuenta y cinco de la tarde. Las sombras del crepúsculo comenzaban a alargarse sobre los mapas de Tierra Escarlata, tiñendo la habitación de un tono dorado y lúgubre. Megan miraba fijamente el avance rítmico de la manecilla de los minutos, tamborileando sus dedos sobre la pulida superficie del escritorio con una mezcla adictiva de impaciencia y triunfo anticipado. Sabía que había acorralado al general en su propia red de reg