Megan sintió el roce de los dedos de Camilo en su cuello, pero esta vez no retrocedió ni un solo milímetro. En lugar de flaquear o mostrar la parálisis vulnerable que la había dominado momentos antes, la gobernadora clavó sus ojos color miel en las esmeraldas del general y dejó que una sonrisa lenta, fría y sumamente peligrosa se dibujara en sus labios. Si Camilo creía que podía acorralarla usando las burdas reglas de la seducción, olvidaba que ella gobernaba un territorio entero porque sabía c