Aquella verdad había sido un golpe brutal, como un látigo que desgarró el frágil telón de mentiras que Willow había tejido con tanto cuidado. Desde la noche en que el video salió a la luz, nada volvió a ser igual.
Cassian ya no la miraba con ternura, ni siquiera con compasión. Su rostro estaba endurecido, y sus palabras eran cuchillos.
—Maldita sea, Me mentiste, Willow —le había dicho esa noche, de pie junto a la ventana, con la voz cargada de un desprecio frío—. Jugaste conmigo, con todos nosotros. No sé por qué no confiaste en mí … ¿Sera que no eres la mujer que yo creí amar?
―¿No será que estas agarrado eso como excusas para ir detrás de la zorra de Bianca? Esa zorra que se esta acostando con tu tía.
―¿De que mierdas hablas? Por que no puedes entender que has cambiado que no eres la mujer la que yo creí amar.
Ella había corrio hacia él, tomándole el brazo con desesperación.
—¡No digas eso! ¡ Soy la mism! ¡Yo lo hice por amor! ¡Por ti, Cassian! —su voz temblaba, pero sus ojos ardían