Bianca, con el rostro encendido como un volcán a punto de estallar, respiró hondo, dejando que su verdad, contenida por tanto tiempo, surgiera como un río desbordado. Su voz, firme como el acero, resonó en el salón como un latigazo que cortó el aire y heló la sangre de todos los presentes.
—¡Willow ha tejido una red de mentiras! —proclamó, con una fuerza que hizo temblar las paredes—. ¡El accidente fue una farsa, una vil artimaña para manchar mi nombre y hundirme en el lodo de la infamia!
Willow, con los ojos llameantes como dos brasas infernales, estalló en un alarido que parecía arrancado de las profundidades de su alma retorcida. Dio un paso adelante, alzando la mano como si con un solo gesto pudiera aplastar la verdad que amenazaba con destruir su fachada.
—¡Mentirosa! —gritó, su voz un torbellino de furia y desesperación—. ¡Eres una víbora, Bianca! ¡Nadie en este salón te cree!
Bianca soltó una carcajada.
—¿Por qué no confiesas tu pecado Willow ? ¿Por qué no admites que tuviste u