Bianca permaneció inmóvil, envuelta en la manta que aún conservaba el calor del cuerpo con el que la habían cubierto. El miedo y el shock la mantenían paralizada. Cuando Alexander Moretti apareció frente a ella, elegante y dominante como siempre, su presencia impuso un silencio absoluto en la habitación. Bianca, temblando por dentro, evitó mirarlo a los ojos y no respondió a su saludo; no quería darle la oportunidad de acercarse. Cada fibra de su cuerpo le decía que se mantuviera alejada, que n