El ambiente en la sala de juntas se había tensado hasta el límite, un silencio opresivo que parecía estrangular el aire mismo. Los accionistas, con rostros rígidos y miradas esquivas, permanecían mudos, atrapados en la incomodidad de ser testigos de un espectáculo que ninguno quería enfrentar. Margaret Thornhill no era solo la matriarca de la familia: era la madre de Aldric, una figura de autoridad absoluta cuya sola presencia podía poner en jaque fortunas enteras con un chasquido de dedos. Su