El vehículo negro devoraba las calles de Nueva York como una bestia nocturnal, dejando atrás el bullicio de la ciudad para adentrarse en las afueras, donde las luces se volvían escasas y el asfalto cedía paso a caminos polvorientos. Bianca, acurrucada en el asiento trasero, sentía el latido de su corazón como un martillo en el pecho. Las lágrimas habían dejado surcos salados en su rostro magullado, y el sabor metálico de la sangre persistía en sus labios partidos. Intentaba procesar lo que acab