Aldric le apartó los mechones húmedos de lágrimas que se adherían a sus mejillas, sus dedos fuertes pero cuidadosos, como si temiera romperla. Sus ojos, oscuros como la medianoche, se clavaron en los de ella con una intensidad que la hizo estremecer. —Mírame, Bianca —ordenó, su voz grave y sedosa, un murmullo que contenía tormentas a punto de desatarse, pero envuelto en una calma que prometía protección—. Dime la verdad. ¿Qué demonios pasó?
Bianca levantó el rostro con esfuerzo, sus ojos hincha