Aldric le apartó los mechones húmedos de lágrimas que se adherían a sus mejillas, sus dedos fuertes pero cuidadosos, como si temiera romperla. Sus ojos, oscuros como la medianoche, se clavaron en los de ella con una intensidad que la hizo estremecer. —Mírame, Bianca —ordenó, su voz grave y sedosa, un murmullo que contenía tormentas a punto de desatarse, pero envuelto en una calma que prometía protección—. Dime la verdad. ¿Qué demonios pasó?
Bianca levantó el rostro con esfuerzo, sus ojos hinchados por el llanto, las pestañas pegadas por las lágrimas, la garganta ardiendo con el peso de palabras que se negaban a salir. —Yo... —intentó hablar, pero su voz se quebró, frágil como cristal roto. Tragó saliva, luchando contra el nudo en su pecho—. No hice nada, Aldric. ¡Nada! —Sus manos temblaron, aferrándose al borde de su camisa como si fuera lo único que la mantenía anclada—. Willow me esperó en el pasillo... me insultó, me gritó que era una zorra... —Sus palabras salieron entrecortadas,