Cassian ardía en un infierno de celos, un fuego que le consumía el alma y le nublaba la razón. La presencia imponente de su tío, Aldric, erguido como un titán ante él, lo enloquecía hasta el borde de la locura. Con los ojos desorbitados, inyectados en sangre, y la voz rota por una furia que le hacía temblar las venas, gritó como un poseído:
—¡No te metas en mis asuntos, Aldric! —bramó, escupiendo cada palabra como veneno—. ¡Lo que pase entre Bianca y yo no es problema tuyo! ¡Ella es mía, y haré con ella lo que me plazca!
Sus dedos se clavaron con saña en el brazo delicado de la muchacha, hundiéndose en su piel pálida como garras de una bestia salvaje, arrancándole un grito ahogado de dolor que resonó en el salón como un lamento. Bianca forcejeó desesperada, sus lágrimas brotando como un torrente, pero Cassian no la soltaba; su respiración era frenética, casi animal, un jadeo ronco que delataba su obsesión enfermiza.
Aldric, con su figura alta y dominante, no levantó la voz, pero su ca