Cassian ardía en un infierno de celos, un fuego que le consumía el alma y le nublaba la razón. La presencia imponente de su tío, Aldric, erguido como un titán ante él, lo enloquecía hasta el borde de la locura. Con los ojos desorbitados, inyectados en sangre, y la voz rota por una furia que le hacía temblar las venas, gritó como un poseído:
—¡No te metas en mis asuntos, Aldric! —bramó, escupiendo cada palabra como veneno—. ¡Lo que pase entre Bianca y yo no es problema tuyo! ¡Ella es mía, y haré