Su despacho, usualmente un lugar de negocios y seriedad, estaba transformado. Audrey estaba de pie en el centro, iluminada por la luz cálida de las velas, vistiendo un vestido de seda que la hacía ver etérea. A sus lados, los gemelos sostenían una pequeña caja envuelta en papel de seda blanco, con expresiones de una importancia absoluta, como si custodiaran el tesoro más grande del mundo.
—Llegaste tarde, papá —susurró Emma con una sonrisa traviesa.
—Teníamos una sorpresa —añadió Matthew, entre