Horas más tarde, el sol de mediodía bañaba la cubierta del yate de madera pulida que surcaba las aguas de Positano. Audrey, vestida con un bañador elegante y una pamela que el viento intentaba arrebatarle, observaba el perfil de las casas de colores incrustadas en el acantilado. Alessandro estaba al mando, manejando la embarcación con una destreza que siempre lograba impresionar a su esposa.
Se detuvieron en una ensenada de aguas turquesas y cristalinas, protegida por altas rocas calizas. El si