La luz del amanecer de aquel lunes se filtraba por los amplios ventanales de la cocina, bañando la mesa de madera rústica que ahora era el epicentro de la vida de los Di Giovanni. Ya no era el comedor gélido de los primeros años; ahora olía a café recién hecho, a pan tostado y a ese aroma dulce de los cereales que Maxwell insistía en comer todas las mañanas. El ajetreo matutino era una sinfonía caótica pero perfectamente afinada que Alessandro y Audrey habían aprendido a dirigir con una pacienc