El tiempo en la sala de espera de un hospital no se mide en minutos, sino en latidos interrumpidos. Alessandro permanecía de pie, con la mandíbula tensa y la mirada fija en las puertas batientes del quirófano. A su lado, Marcus era la viva imagen del colapso; el hombre que podía desmantelar corporaciones con una llamada estaba ahora reducido a un manojo de nervios, con la cabeza entre las manos y el silencio pesándole como una losa de hormigón.
De pronto, el sonido de unos pasos apresurados rom