El aire en la sala del tribunal era denso, impregnado de un aroma a papel viejo y a una tensión que amenazaba con estallar en cualquier momento. Audrey permanecía sentada con la espalda recta, sintiendo la mano de Alessandro apretando la suya con una firmeza que rozaba el dolor. Sus ojos estaban fijos en su madre, Olivia Sullivan, quien se encontraba en el estrado con una compostura gélida que solo el orgullo herido podía sostener.
El testimonio de Olivia fue una estocada directa al corazón de