El segundero del reloj de pared en la suite principal parecía martillear contra el silencio sepulcral de la madrugada. Alessandro y Audrey finalmente se habían deslizado entre las sábanas de hilo, compartiendo ese suspiro colectivo de los padres que saben que, por fin, la casa duerme. Él acababa de rodearla con el brazo, atrayéndola hacia su pecho en ese gesto de posesión tranquila que se había vuelto su ritual, cuando el estruendo de un tono de llamada rompió la paz.
Alessandro gruñó, palpando