Zeynep
La mañana amaneció fría, con una luz que todavía no se decidía a entrar. Zeynep encendió la lámpara del despacho y dejó que el brillo sobre el escritorio le ordenara la mente. Tenía encima una pila de correos por contestar, un cronograma por cerrar y, en el bolsillo de la chaqueta, la nota que Arda le había dejado la noche anterior: “Pasé por la mansión antes del amanecer. Dejo las llaves del almacén en recepción. Te veo a las nueve”.
La letra era rápida, sin adornos; en ella había una c