El día después del testimonio de Halil Karaman no trajo alivio. Trajo movimiento.
Las oficinas del Ministerio de Justicia amanecieron con una orden de revisión sobre los contratos empresariales de Mirza Aslan. El comunicado oficial hablaba de “una auditoría rutinaria”, pero nadie lo creyó. Los medios lo interpretaron como represalia. Los aliados de Nehir lo leyeron como amenaza.
Y Mirza… lo recibió como confirmación.
—Ya no se esconden —dijo, mientras revisaba los documentos con Cemil—. Van a por mí. No por lo que hice. Por lo que represento.
—¿Y qué representas? —preguntó Cemil.
—Un hombre que no se arrodilla. Y eso, para ellos, es peligroso.
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En la mansión Aslan, Nehir estaba reunida con Zeynep y Ayla. El ambiente era tenso, pero no roto. La declaración de Halil había cambiado el tablero. Ya no se trataba solo de Sedat. Ahora el Ministro Invisible estaba expuesto. Y eso significaba que la guerra había escalado.
—¿Crees que van a intentar desacreditar a papá? —preguntó Zeynep.
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