La ciudad no dormía. No después de lo que había ocurrido.
La declaración de Ayla Karaman había sacudido los cimientos del sistema judicial. Las redes sociales seguían ardiendo, los canales de noticias repetían su testimonio en bucle, y los analistas políticos comenzaban a hablar de una “fractura institucional sin precedentes”.
Pero en el Ministerio, el silencio era absoluto.
El Ministro Invisible había convocado a una reunión de emergencia. No en su despacho habitual, sino en una sala sin ventanas, sin cámaras, sin registros. Allí estaban tres figuras clave: un juez retirado, un asesor de inteligencia, y un empresario vinculado a contratos estatales.
—Sedat ya no es útil —dijo el Ministro, sin rodeos.
—¿Y Nehir? —preguntó el juez.
—Es peligrosa. No por lo que sabe. Por lo que representa. Si no la detenemos ahora, va a arrastrar a otros. Y si Ayla testifica oficialmente… el caso se convierte en símbolo.
El asesor de inteligencia deslizó una carpeta sobre la mesa.
—Tenemos algo. Un pact