El sol de la mañana se filtraba entre los restos de los muros calcinados de la vieja biblioteca, dibujando vetas de polvo dorado sobre las placas de bronce que ahora descansaban en el centro de nuestra mesa de reuniones, y aunque el estruendo de la batalla del día anterior se había disipado, un silencio nuevo, más denso y cargado de sospechas, se instalaba en el aire de Cala Silencio.
Me desperté con el cuerpo dolorido, sintiendo el peso de cada decisión tomada sobre mis hombros, y al salir al