El sol de la mañana se filtraba entre los restos de los muros calcinados de la vieja biblioteca, dibujando vetas de polvo dorado sobre las placas de bronce que ahora descansaban en el centro de nuestra mesa de reuniones, y aunque el estruendo de la batalla del día anterior se había disipado, un silencio nuevo, más denso y cargado de sospechas, se instalaba en el aire de Cala Silencio.
Me desperté con el cuerpo dolorido, sintiendo el peso de cada decisión tomada sobre mis hombros, y al salir al porche encontré a Dante revisando los vendajes de su brazo mientras observaba, con el ceño fruncido, la comitiva de carruajes negros que subía por el camino real. No eran los soldados de Aranda, con sus uniformes sucios y su prepotencia de cuartel, sino hombres de levita oscura y rostros pálidos, enviados directamente desde la capital para reclamar lo que ellos llamaban el "orden institucional" tras la caída del comisionado.
—Vienen con plumas y tinteros, Valeria, pero sus palabras a veces cort