El agua del río de las Piedras Blancas aún me empapaba las botas, pesando como el remordimiento, mientras avanzábamos por el sendero oculto que desembocaba en la parte trasera de la plaza mayor. El frío de la cueva se había quedado atrás, pero el calor que sentía ahora era el de la indignación, una fiebre que me subía por el cuello al escuchar la voz meliflua de Aranda retumbando a través de los altavoces de madera, esos que amplificaban su soberbia sobre una multitud que guardaba un silencio de tumba.
La plaza estaba abarrotada, pero era una reunión de sombras, un mar de rostros curtidos que bajaban la mirada ante la demostración de fuerza de los mosquetes que brillaban bajo el sol del mediodía. El comisionado estaba allí, en lo alto del estrado, sosteniendo un pergamino con sellos de cera roja, prometiendo paz a cambio de sumisión y una amnistía que no era más que una jaula con las puertas abiertas hacia el abismo.
—Escuchadlo, Valeria, habla como si la tierra fuera suya por decret