El agua del río de las Piedras Blancas aún me empapaba las botas, pesando como el remordimiento, mientras avanzábamos por el sendero oculto que desembocaba en la parte trasera de la plaza mayor. El frío de la cueva se había quedado atrás, pero el calor que sentía ahora era el de la indignación, una fiebre que me subía por el cuello al escuchar la voz meliflua de Aranda retumbando a través de los altavoces de madera, esos que amplificaban su soberbia sobre una multitud que guardaba un silencio d