CAPITULO 32

El aire de la capital no tenía nada que ver con la pureza gélida de nuestras cumbres, era una mezcla espesa de hollín de carbón, humedad rancia de las alcantarillas y el olor dulzón de la carne que se pudre en los mercados callejeros, un ambiente que se me pegaba a la garganta como un castigo mientras caminábamos por los callejones del Distrito Gris.

Habíamos dejado atrás el valle con el corazón encogido, confiando a Elara la tarea casi imposible de mantener la unidad de las aldeas frente a los
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