CAPITULO 32

El aire de la capital no tenía nada que ver con la pureza gélida de nuestras cumbres, era una mezcla espesa de hollín de carbón, humedad rancia de las alcantarillas y el olor dulzón de la carne que se pudre en los mercados callejeros, un ambiente que se me pegaba a la garganta como un castigo mientras caminábamos por los callejones del Distrito Gris.

Habíamos dejado atrás el valle con el corazón encogido, confiando a Elara la tarea casi imposible de mantener la unidad de las aldeas frente a los cantos de sirena de los emisarios, y ahora Dante y yo nos movíamos como sombras entre la multitud de mendigos, trabajadores de las fábricas de tejidos y maleantes que poblaban los barrios bajos de la gran ciudad.

Llevábamos ropas desgastadas, manchadas a propósito con barro y grasa para no llamar la atención, ocultando bajo nuestras capas el poco oro que nos quedaba y la esperanza desesperada de encontrar al joven heredero de Vane antes de que la capital pusiera sus manos sobre él.

​—Mantén la
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