El aire de la capital no tenía nada que ver con la pureza gélida de nuestras cumbres, era una mezcla espesa de hollín de carbón, humedad rancia de las alcantarillas y el olor dulzón de la carne que se pudre en los mercados callejeros, un ambiente que se me pegaba a la garganta como un castigo mientras caminábamos por los callejones del Distrito Gris.
Habíamos dejado atrás el valle con el corazón encogido, confiando a Elara la tarea casi imposible de mantener la unidad de las aldeas frente a los cantos de sirena de los emisarios, y ahora Dante y yo nos movíamos como sombras entre la multitud de mendigos, trabajadores de las fábricas de tejidos y maleantes que poblaban los barrios bajos de la gran ciudad.
Llevábamos ropas desgastadas, manchadas a propósito con barro y grasa para no llamar la atención, ocultando bajo nuestras capas el poco oro que nos quedaba y la esperanza desesperada de encontrar al joven heredero de Vane antes de que la capital pusiera sus manos sobre él.
—Mantén la