El aire de la capital no tenía nada que ver con la pureza gélida de nuestras cumbres, era una mezcla espesa de hollín de carbón, humedad rancia de las alcantarillas y el olor dulzón de la carne que se pudre en los mercados callejeros, un ambiente que se me pegaba a la garganta como un castigo mientras caminábamos por los callejones del Distrito Gris.
Habíamos dejado atrás el valle con el corazón encogido, confiando a Elara la tarea casi imposible de mantener la unidad de las aldeas frente a los