Mundo ficciónIniciar sesiónFirmar aquel contrato no fue una elección… fue la única salida que le quedaba. Valeria sabía exactamente lo que hacía cuando aceptó casarse con Adrián Montenegro: un hombre frío, calculador y peligroso, incapaz de perder el control… y mucho menos de sentir. Un matrimonio por un año. Sin sentimientos. Sin errores. Sin escapatoria. Pero lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convierte en un juego de poder donde cada regla tiene consecuencias… y romperlas puede destruirlo todo. Porque Adrián no es un hombre al que se pueda desafiar. Y Valeria no es una mujer dispuesta a obedecer. Entre tensión, secretos y una atracción que no debería existir, ambos descubrirán que hay decisiones que no solo cambian el destino… sino que pueden convertirse en el inicio de su propia perdición.
Leer másFirmar ese contrato fue el peor error de mi vida.
Y aun así…
lo hice.
—Si firmas esto, no hay vuelta atrás —dijo el abogado, sosteniendo el documento frente a mí con una firmeza que no cuestionaba el procedimiento, sino la decisión detrás de él.
No respondí de inmediato. En cuanto tomara la pluma todo dejaría de ser una posibilidad para convertirse en algo definitivo, irreversible. No habría margen para el error ni espacio para el arrepentimiento, y aun así no dudé.
—Lo sé —respondí finalmente.
Extendí la mano con pulso firme, tomé la pluma y firmé.
El trazo fue limpio, seguro, exactamente como debía ser para alguien que aparentaba tener el control, aunque por dentro todo se tensara en el momento en que la tinta tocó el papel, como si mi cuerpo entendiera antes que yo que aquel gesto no era solo una firma, sino el inicio de algo de lo que no podría salir ilesa.
—Listo —dijo el abogado, recogiendo los documentos—. El acuerdo queda formalizado.
—¿Durante cuánto tiempo? —pregunté, aun cuando conocía la respuesta.
—Un año.
Asentí con lentitud. Un año sosteniendo un acuerdo que ya comenzaba a sentirse más peligroso de lo que debería. No miré al abogado. Mi atención se dirigió a él.
Adrián permanecía al otro lado de la mesa, de pie, impecable, inmutable, como si aquello no hubiera sido más que un trámite dentro de un plan que llevaba tiempo ejecutando. No había sorpresa en su expresión ni duda en su postura; todo en él transmitía control, una seguridad fría que resultaba tan precisa como inquietante.
—¿Algo más, Adrián? —pregunté, obligando a mi voz a mantenerse estable.
—Nada que no esté ya estipulado —respondió sin prisa.
El silencio que siguió no fue cómodo. El abogado carraspeó, incómodo por una tensión que no le pertenecía.
—Si me permiten, procederé a archivar el acuerdo.
Ninguno respondió, pero aun así se retiró.
En cuanto la puerta se cerró, el ambiente cambió.
—Esto no altera las condiciones —dijo Adrián, avanzando un paso que acortó la distancia sin invadirla por completo—. Sigue siendo un acuerdo.
—Lo sé.
—Entonces espero que actúes como tal.
Sostuve su mirada sin retroceder.
—No soy yo quien parece necesitar recordatorios.
Hubo una pausa breve, pero suficiente para que algo se tensara entre nosotros.
—Cuidado —murmuró, y su voz descendió apenas, volviéndose más personal—. No confundas las cosas.
—No estoy confundiendo nada —respondí—. Sé exactamente lo que firmé y mi papel en todo esto.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—¿De verdad? —preguntó—. ¿Sabes lo que implica?
Mi respiración cambió, aunque no lo mostré.
—Sé que no es solo un contrato de matrimonio —dije—. Es el inicio de mi propio infierno.
Adrián dio otro paso. Esta vez no respetó del todo la distancia. No me tocó… pero lo sentí demasiado cerca, como si el aire entre nosotros se hubiera tensado de golpe, cargándose de algo que no debía estar ahí.
—Entonces asegúrate de actuar como alguien que entiende sus reglas —añadió sin apartar la mirada—. Yo no repito advertencias.
No me moví.
—¿Siempre necesitas advertir… o solo cuando no puedes controlarlo todo? —pregunté.
Su expresión no cambió, pero su mirada se volvió más fría, más precisa.
—Nunca pierdo el control —respondió—. Siempre consigo lo que quiero… y tú no serás la excepción.
El silencio regresó, más denso que antes.
—El auto te llevará a la casa —dijo finalmente, retomando esa calma calculada.
—¿Algo más, querido esposo?
Un leve gesto de ironía cruzó su rostro.
—Ojalá en público lo digas con la misma convicción. Será conveniente que nadie dude de ti.
No fue una sugerencia.
Fue una advertencia.
No respondí. Salí de la habitación con una calma que no sentía, consciente de que cada paso me alejaba de todo lo que había sido antes. El pasillo se alargó más de lo habitual, como si el tiempo insistiera en que asimilara lo que acababa de hacer.
Ese año ya no era una idea.
Era una condena.
Adrián no era solo un hombre difícil. Era meticuloso, implacable, capaz de llevar cualquier situación hasta el punto exacto que le convenía sin perder nunca el control. Y ese matrimonio, más que una salida, comenzaba a parecerse a un encierro cuidadosamente diseñado.
—Valeria.
Su voz me detuvo antes de llegar al final del pasillo.
No giré.
—Recuerda algo —añadió—. Esto solo funciona si respetas las reglas.
Cerré los ojos un segundo.
—Lo sé.
—Eso espero.
Hubo una pausa.
—Por el bien de tu familia.
Sentí cómo algo se tensaba en mi interior, pero seguí caminando.
—No es necesario que lo repitas —respondí—. Sé lo que está en juego.
—Me alegra escucharlo.
Di un paso más.
—O mejor dicho… por el bien de tu hijo.
El aire dejó de sentirse igual.
Apreté el bolso con más fuerza.
—No lo repitas —dije sin girarme—. No hace falta.
—Entonces no falles.
No añadió nada más.
No era necesario.
Porque en ese instante entendí que aquello nunca había sido solo un acuerdo.
Y aun así, no me detuve.
Porque detenerme significaba aceptar que él ya había conseguido exactamente lo que quería.
Y no pensaba darle esa satisfacción.
No después de haber firmado mi libertad.
Mi vida.
Y, tal vez… también mi cuerpo.
Porque esta vez no había negociación posible.
Ni condiciones que pudiera imponer.
Solo un acuerdo que ya no me pertenecía…
y una noche que apenas comenzaba.
Tuve la sensación de que Adrián ya sabía exactamente qué quería preguntarle.—¿Es importante?La pregunta consiguió irritarme más de lo que debería.—Si no lo fuera, no te habría detenido.Una leve sonrisa apareció en sus labios.—Entonces supongo que sí debemos hablar.—Me gustaría hacerlo antes de regresar.Adrián desvió brevemente la mirada hacia los fotógrafos que nos esperaban unos metros más adelante y después volvió a mirarme.—Hablemos durante el vuelo.—¿Vas a responderme?—Si sigues insistiendo tanto, supongo que tendré que hacerlo.—Eso no es una respuesta.—Tampoco una negativa.—Eres desesperante.—Lo sé.Antes de que pudiera insistir, uno de los organizadores se acercó para avisarnos que la prensa ya estaba lista para las fotografías finales. A nuestro alrededor, varios inversionistas comenzaban a despedirse de Alexander Armand y los asistentes recogían los últimos documentos de la reunión. Todo el mundo parecía tener algo que hacer.Las siguientes horas transcurrieron en
Cuando llegamos frente a mi habitación ninguno de los dos hizo ademán de marcharse inmediatamente. La conversación había ido apagándose poco a poco durante el trayecto desde el puerto hasta el hotel, pero el silencio que quedó entre nosotros no resultaba incómodo.Apoyé una mano sobre la manija de la puerta y volví la vista hacia Marco.—Gracias por venir conmigo.Marco solo sonrió.—No tienes que agradecerme nada.Durante unos segundos permanecimos observándonos en silencio. Quizá era el cansancio acumulado después de una noche demasiado larga o la sensación de haber recuperado algo que creía perdido desde hacía mucho tiempo. Fuera cual fuera la razón, en semanas no sentía la necesidad de cuestionar cada palabra ni cada emoción.—Buenas noches, Valeria.La suavidad con la que pronunció mi nombre consiguió estremecerme. Estaba a punto de responder cuando la puerta de la habitación se abrió de repente.Tanto Marco como yo volvimos la vista al mismo tiempo.Adrián permanecía en el umbral
—Valeria... no te vayas.La voz de Adrián llegó detrás de mí justo cuando mis ojos seguían buscando a Marco entre los últimos invitados que abandonaban el salón. Me detuve de forma instintiva y, antes de que pudiera dar un paso más, sentí sus dedos cerrarse suavemente alrededor de mi brazo.Aquello consiguió que mi corazón volviera a acelerarse. Permanecí inmóvil observando el lugar por donde Marco había desaparecido mientras intentaba recuperar algo de claridad entre todo el caos que aquella noche había dejado dentro de mí.—Quiero hablar contigo.Levanté la vista al darme vuelta y me encontré directamente con los ojos de Adrián. Alexander Armand y los inversionistas ya no estaban allí. Los fotógrafos también habían desaparecido y el salón comenzaba a vaciarse poco a poco.Por primera vez desde el beso no había cámaras, ni periodistas, ni invitados observándonos desde la distancia. Ya no existían excusas detrás de las cuales esconderse ni interrupciones capaces de posponer aquello que
Todo ocurrió demasiado rápido.Sentí una última ráfaga de flashes explotando a nuestro alrededor y después sus labios sobre los míos. Por un instante el salón entero desapareció. La música, las conversaciones y las cámaras quedaron reducidas a un murmullo lejano incapaz de atravesar el torbellino que acababa de desatarse dentro de mí.Durante unos segundos fui incapaz de moverme. Los periodistas continuaban llamándonos desde distintos ángulos y las sonrisas satisfechas de los invitados confirmaban que acababan de obtener exactamente la imagen que esperaban de nosotros.Sin embargo, nada de aquello parecía real. Había pasado toda la noche intentando mantener distancia de él, recordándome una y otra vez todas las razones por las que debía protegerme, y aun así bastó un instante para que todo se volviera confuso otra vez.Cuando Adrián se separó finalmente, apenas unos centímetros, el ruido de la gala regresó de golpe. Los fotógrafos parecían encantados con la escena que acababan de captu
Último capítulo