Mundo ficciónIniciar sesiónNo me dio tiempo de reaccionar. Me atrajo hacia él, arrastrándome a un costado de la cama con una facilidad que no dejó espacio para resistirme, acortando la distancia de golpe y obligando a mi cuerpo a alinearse con el suyo.
Mi respiración se cortó por la manera en que lo hizo: como si apartarme no fuera una opción.
Su otra mano se deslizó hasta mi rostro y sujetó mi barbilla con la presión justa para obligarme a mirarlo.
Fue en ese instante cuando entendí. No iba a repetirme nada. No iba a advertirme otra vez. Ya no.
—¿Vas a quedarte de pie toda la noche? —preguntó finalmente.
No supe qué responder, porque cualquier respuesta implicaba algo más, un paso que no estaba dispuesta a dar.
Seguía rígida, tensa, demasiado consciente del contacto, de la proximidad de sus dedos en mi cintura sin intención de soltarme.
—No es algo que deba importarte —logré decir, girando el rostro en ese mismo instante, suficiente para romper el contacto y hacer que soltara mi barbilla.
Aun así, no se apartó.
Me mantuvo cerca, ignorando mi decisión, recordándome que desviar la mirada no era lo mismo que recuperar el control.
—Todo lo que ocurre aquí es asunto mío —respondió, y en el mismo instante se afianzó con más fuerza, tirando de mí sin dejar espacio entre los dos.
El movimiento no fue brusco, pero sí firme, decidido, para hacerme consciente, otra vez, de lo fácil que le resultaba borrar cualquier distancia… y de lo poco que importaba si yo estaba lista para ello o no.
Su respiración rozó la mía, apenas un instante suficiente para que reaccionara antes de poder impedirlo.
Y fue ahí cuando lo sentí.
No fue miedo. Fue algo peor.
No reaccioné como debía…
por un momento, no quise apartarme.
Apreté los dedos con más fuerza, obligándome a manejar la situación, a recordar dónde estaba, quién era él… y todo lo que estaba en juego.
—Esto no es un juego —añadió—. Y tú no estás en posición de tratarlo como uno.
—No lo estoy haciendo.
—Entonces deja de actuar como alguien que tiene opciones —dijo, y mientras hablaba, su brazo se tensó en mi cintura antes de apartarme de su lado con un movimiento seco, casi brusco; la cercanía ya no le resultaba necesaria.
El cambio fue inmediato.
Desconcertante.
Un segundo antes me tenía contra él… y al siguiente ya no.
No hubo explicación. No hubo transición. Solo impuso distancia con la misma facilidad con la que la había eliminado.
Tardé un instante en reaccionar, no por el movimiento, sino por lo que implicaba.
No sabía qué acababa de pasar exactamente: si había sido una advertencia… o algo peor.
Porque en esa contradicción —en la forma en que me atraía y luego me apartaba sin aviso— había algo que no terminaba de encajar. Algo que no supe leer.
No sabía si era dominio, intimidación… o si, en el fondo, era otra cosa completamente distinta.
Algo que ni siquiera él estaba dispuesto a permitir.
—Descansa —dijo finalmente.
La orden llegó sin elevar el tono, sin imponerse… y aun así no dejó espacio para negarla.
—Mañana empezamos —añadió.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Empezamos qué?
Hubo una pausa breve.
—A hacer que esto funcione.
—Esto ya funciona —respondí—. Tú obtienes lo que quieres. Yo cumplo.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—No —dijo—. Firmar ese matrimonio no es ni siquiera el comienzo… es apenas lo mínimo.
La quietud que siguió fue más corta… pero más peligrosa.
—Y a mí no me interesa lo mínimo. Yo lo quiero todo —añadió.
Mi respiración se tensó apenas.
—¿Y eso qué significa?
Esta vez no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo, disfrutando saber que tenía mi atención donde él quería.
—Que mañana vienes conmigo —dijo finalmente—. A la empresa.
El aire cambió.
—No es necesario —respondí.
—Lo es —replicó—. Es indispensable para que esto funcione… y para obtener lo que busco.
No elevó la voz. No hizo falta.
—A partir de ahora, no solo vas a ser mi esposa frente a los demás —continuó—. También vas a estar donde yo esté.
Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.
—Soy abogada, no tu asistente.
—Ya sé —respondió sin dudar—. Por eso mismo. Mi área en la empresa necesita una abogada… y tú tienes justo lo necesario para mi plan.
Sus palabras no sonaron como una concesión.
Sonaron como una estrategia meticulosamente calculada.
Algo que ya estaba decidido desde antes.
—Mañana vas a conocer cómo funcionan las cosas en mi empresa —añadió—. Y vas a entender exactamente cuál es tu lugar dentro de ella.
Mi pulso se aceleró apenas.
—No estaba en el acuerdo —dije.
Esta vez sí sonrió.
Leve, pero peligrosamente.
—Hay muchas cosas que no estaban en el acuerdo —respondió—. Y aun así vas a cumplirlas… si quieres volver a ver a tu hijo lo antes posible.
El silencio volvió.
Pero ya no era el mismo.
—Descansa —añadió finalmente—. Lo necesitarás.
Y entonces se fue.
Sin prisa, sin mirar atrás.
Había dicho lo necesario.
Sabía que no podía negarme.
Me quedé ahí, sin moverme.
Con la sensación de que algo acababa de cambiar.
Esto no iba a quedarse en un acuerdo frío. No iba a ser solo apariencia. No iba a ser fácil.
Y por primera vez desde que crucé esa puerta…
no fue el pasado lo que me asustó.
Fue el futuro… y todo lo que me esperaba mañana en esa empresa.







