No llegó de inmediato, y esa ausencia fue lo primero que empezó a inquietarme.
No fue un pensamiento claro, ni una conclusión lógica. Fue algo más sutil, más incómodo.
Una sensación que se instaló poco a poco mientras el tiempo seguía avanzando sin que él apareciera.
El hospital no tenía un ritmo real; las horas no transcurrían, se diluían entre el sonido constante de las máquinas y la respiración asistida de mi hijo, como si todo hubiera quedado suspendido dentro de esa habitación y nada más e