—Te propongo algo, Valeria.
La frase llegó sin rodeos, pero no con urgencia.
Daniel no se movió de su lugar al decirlo; permaneció junto al escritorio, observándome con esa calma medida que hacía que todo lo que decía pareciera más pensado de lo que realmente mostraba.
No respondí de inmediato. Había algo en su tono que no sonaba a una oferta improvisada, sino a una decisión que llevaba tiempo formándose y que ahora simplemente encontraba el momento de decirse en voz alta.
—Depende de qué se tr