Inicio / Romance / El Inicio de mi Perdición. / 🖤 CAPÍTULO 4: Donde todos miran
🖤 CAPÍTULO 4: Donde todos miran

No llegué a la empresa como esposa. Llegué como un error, uno que nadie entendía… pero que todos estaban dispuestos a juzgar.

El edificio se alzaba frente a mí con una precisión fría, perfectamente alineado con todo lo que representaba Adrián: estructura, control… y cero márgenes para el error. El cristal reflejaba una ciudad que no se detenía por nadie.

Y mucho menos por mí.

—Buenos días —dijo el chofer al abrir la puerta.

No respondí. Bajé con la firmeza suficiente para no delatar nada, porque en cuanto crucé la entrada lo sentí.

El cambio.

No fue el espacio, fue la atención.

El lobby era amplio, impecable, perfectamente funcional, pero completamente ajeno a mí.

—Señorita, el señor Montenegro la espera en el último piso —dijo una recepcionista con una sonrisa impecable.

No era para mí. Lo entendí antes de verla.

La mujer frente al mostrador no necesitaba presentación. Elegante, segura, de esas que no dudan ni un segundo en dónde pertenecen. Todo en ella encajaba con ese lugar.

—Perfecto, gracias —respondió con naturalidad.

Esperé, no por cortesía, sino para observar. Para entender.

Y cuando ella desapareció tras las puertas del elevador, di un paso al frente.

—Buenos días —dijo la recepcionista, automática.

—¿Tiene cita? —preguntó, profesional.

—No —respondí, sosteniendo su mirada—. Voy con el señor Montenegro.

Las dos intercambiaron una mirada breve. Una de ellas alzó apenas la ceja.

—Qué coincidencia… —murmuró—. La señorita que acaba de subir también va a su oficina.

La otra sonrió, pero no fue amable.

—Puede alcanzarla si se apura… aunque dudo que llegue antes que ella.

El comentario fue suave, pero no inocente.

—El elevador está al fondo.

Asentí y avancé sin decir nada más.

Y justo antes de entrar… lo escuché.

—¿Quién es?

—No sé…

—Nunca la había visto…

No me detuve. No lo necesitaba.

No sabían quién era.

Y eso no me protegía.

Me dejaba expuesta.

El elevador se abrió casi de inmediato. Entré sin mirar atrás y el silencio me envolvió cuando las puertas se cerraron.

Exhalé despacio, no por nervios, sino por control, porque en cuanto esas puertas volvieran a abrirse, esto dejaría de ser incertidumbre.

Y se convertiría en un juego.

El último piso no se parecía al resto. No había tránsito innecesario, solo orden, solo trabajo.

Di un paso fuera del elevador.

—Buenos días.

La voz fue firme, precisa.

Levanté la mirada. Una mujer joven, perfectamente alineada con el entorno, me observaba con atención. No había hostilidad, pero tampoco cercanía. Solo profesionalismo… y algo más.

Curiosidad contenida.

—Buenos días —respondí.

—¿Busca a alguien? —preguntó.

—Al señor Montenegro.

—Su oficina está al final del pasillo —indicó finalmente.

—Gracias.

Pero cuando avancé… sentí su mirada seguirme.

No como quien observa.

Como quien evalúa.

Como si ya estuviera decidiendo cuánto iba a tardar en fallar.

El pasillo no era largo, pero se sentía así, no por la distancia, sino por la forma en que todo parecía medido: cada puerta cerrada, cada escritorio en orden, cada mirada que evitaba cruzarse… pero que aun así estaba.

Llegué al final del pasillo y me detuve frente a la puerta, no por duda, sino por conciencia. Levanté la mano… y toqué.

—Adelante —dijo Adrián desde dentro—. Puedes pasar.

Entré.

El espacio era exactamente como él: impecable, preciso, sin margen para el desorden. Cerré la puerta detrás de mí y avancé unos pasos, lo suficiente para quedar frente a su escritorio.

Adrián no habló de inmediato.

Revisaba unos documentos como si mi presencia no cambiara nada.

Sin mirarme, tomó el expediente que tenía frente a él y lo deslizó sobre el escritorio, en mi dirección.

—Revísalos —dijo—. Los necesito listos hoy por la tarde. Tengo una reunión importante.

No fue una petición.

Fue una orden.

El peso del silencio cayó entre nosotros.

—Adrián… —empecé.

—Después —interrumpió, ahora sí levantando la mirada—. Primero eso.

Antes de que respondiera, la puerta se abrió.

—Adrián —dijo una voz femenina, segura—. Necesito que revises esto antes de la junta.

No pidió permiso.

Entró.

Se acercó directamente al escritorio, dejando los documentos frente a él, inclinándose lo suficiente para señalar algo en la página. Demasiado cerca. Con una naturalidad que no se construye en segundos.

Adrián levantó la mirada.

Pero no hacia mí.

Hacia ella.

—Déjame ver —dijo, concentrado.

Revisó el documento mientras ella permanecía a su lado, sin moverse, como si ese espacio le perteneciera tanto como a él.

Yo seguía ahí. De pie. Esperando.

Invisible…

pero no ajena.

—Esto hay que ajustarlo —añadió Adrián, señalando un punto—. Si lo mandas así, lo van a cuestionar.

—Lo sé —respondió ella—. Por eso vine.

—¿Tienes cinco minutos? —preguntó.

—Sí —respondió él sin dudar—. Vamos a revisarlo en tu oficina.

Se hizo un silencio breve.

Y entonces…

ella me miró.

Como si hasta ese momento notara que no estaban solos.

—Oh… —dijo—. No sabía que estabas ocupado.

No sonó sorprendida.

—No lo estoy —respondió Adrián…

pero su mirada se detuvo en mí un segundo más de lo necesario.

—Ella es Valeria.

Como si acabara de recordarlo.

—Mi esposa.

—Mucho gusto —añadió—. Victoria Armand, subdirectora de Estrategia.

—Igualmente —respondí.

Pero antes de que pudiera decir algo más, Adrián me interrumpió.

—Después seguimos hablando, Valeria —añadió—. Le diré a mi asistente dónde será tu lugar de trabajo.

No fue una disculpa.

Fue una decisión.

Victoria salió primero.

Adrián la siguió.

Y cuando pasó a mi lado…

no se detuvo. No me miró. Pero sí habló.

—Quiero que esté listo ese trabajo lo antes posible.

—Necesitamos hablar de tu hijo.

—Pasó algo… muy delicado.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP