—No me obligues a dejar de protegerlo —dijo Adrián—, porque eso pasará si sales ahora de esta oficina.
La voz de Adrián me alcanzó justo cuando mi mano rozaba la puerta. No fue más alta ni más dura, pero fue suficiente para detenerme. Me quedé inmóvil un segundo antes de girarme, sosteniendo la respiración como si eso pudiera darme algún tipo de control.
—Cumple con lo que firmaste —añadió, sin moverse—, y yo me encargo de que tu hijo siga siendo intocable.
El contrato.
Siempre el contrato.
No