Inicio / Romance / El Inicio de mi Perdición. / 🖤 CAPÍTULO 1: Firmé mi condena
El Inicio de mi Perdición.
El Inicio de mi Perdición.
Por: Cartas de Medianoche
🖤 CAPÍTULO 1: Firmé mi condena

Firmar ese contrato fue el peor error de mi vida.

Y aun así…

lo hice.

—Si firmas esto, no hay vuelta atrás —dijo el abogado, sosteniendo el documento frente a mí con una firmeza que no cuestionaba el procedimiento, sino la decisión detrás de él.

No respondí de inmediato. En cuanto tomara la pluma todo dejaría de ser una posibilidad para convertirse en algo definitivo, irreversible. No habría margen para el error ni espacio para el arrepentimiento, y aun así no dudé.

—Lo sé —respondí finalmente.

Extendí la mano con pulso firme, tomé la pluma y firmé.

El trazo fue limpio, seguro, exactamente como debía ser para alguien que aparentaba tener el control, aunque por dentro todo se tensara en el momento en que la tinta tocó el papel, como si mi cuerpo entendiera antes que yo que aquel gesto no era solo una firma, sino el inicio de algo de lo que no podría salir ilesa.

—Listo —dijo el abogado, recogiendo los documentos—. El acuerdo queda formalizado.

—¿Durante cuánto tiempo? —pregunté, aun cuando conocía la respuesta.

—Un año.

Asentí con lentitud. Un año sosteniendo un acuerdo que ya comenzaba a sentirse más peligroso de lo que debería. No miré al abogado. Mi atención se dirigió a él.

Adrián permanecía al otro lado de la mesa, de pie, impecable, inmutable, como si aquello no hubiera sido más que un trámite dentro de un plan que llevaba tiempo ejecutando. No había sorpresa en su expresión ni duda en su postura; todo en él transmitía control, una seguridad fría que resultaba tan precisa como inquietante.

—¿Algo más, Adrián? —pregunté, obligando a mi voz a mantenerse estable.

—Nada que no esté ya estipulado —respondió sin prisa.

El silencio que siguió no fue cómodo. El abogado carraspeó, incómodo por una tensión que no le pertenecía.

—Si me permiten, procederé a archivar el acuerdo.

Ninguno respondió, pero aun así se retiró.

En cuanto la puerta se cerró, el ambiente cambió.

—Esto no altera las condiciones —dijo Adrián, avanzando un paso que acortó la distancia sin invadirla por completo—. Sigue siendo un acuerdo.

—Lo sé.

—Entonces espero que actúes como tal.

Sostuve su mirada sin retroceder.

—No soy yo quien parece necesitar recordatorios.

Hubo una pausa breve, pero suficiente para que algo se tensara entre nosotros.

—Cuidado —murmuró, y su voz descendió apenas, volviéndose más personal—. No confundas las cosas.

—No estoy confundiendo nada —respondí—. Sé exactamente lo que firmé y mi papel en todo esto.

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—¿De verdad? —preguntó—. ¿Sabes lo que implica?

Mi respiración cambió, aunque no lo mostré.

—Sé que no es solo un contrato de matrimonio —dije—. Es el inicio de mi propio infierno.

Adrián dio otro paso. Esta vez no respetó del todo la distancia. No me tocó… pero lo sentí demasiado cerca, como si el aire entre nosotros se hubiera tensado de golpe, cargándose de algo que no debía estar ahí.

—Entonces asegúrate de actuar como alguien que entiende sus reglas —añadió sin apartar la mirada—. Yo no repito advertencias.

No me moví.

—¿Siempre necesitas advertir… o solo cuando no puedes controlarlo todo? —pregunté.

Su expresión no cambió, pero su mirada se volvió más fría, más precisa.

—Nunca pierdo el control —respondió—. Siempre consigo lo que quiero… y tú no serás la excepción.

El silencio regresó, más denso que antes.

—El auto te llevará a la casa —dijo finalmente, retomando esa calma calculada.

—¿Algo más, querido esposo?

Un leve gesto de ironía cruzó su rostro.

—Ojalá en público lo digas con la misma convicción. Será conveniente que nadie dude de ti.

No fue una sugerencia.

Fue una advertencia.

No respondí. Salí de la habitación con una calma que no sentía, consciente de que cada paso me alejaba de todo lo que había sido antes. El pasillo se alargó más de lo habitual, como si el tiempo insistiera en que asimilara lo que acababa de hacer.

Ese año ya no era una idea.

Era una condena.

Adrián no era solo un hombre difícil. Era meticuloso, implacable, capaz de llevar cualquier situación hasta el punto exacto que le convenía sin perder nunca el control. Y ese matrimonio, más que una salida, comenzaba a parecerse a un encierro cuidadosamente diseñado.

—Valeria.

Su voz me detuvo antes de llegar al final del pasillo.

No giré.

—Recuerda algo —añadió—. Esto solo funciona si respetas las reglas.

Cerré los ojos un segundo.

—Lo sé.

—Eso espero.

Hubo una pausa.

—Por el bien de tu familia.

Sentí cómo algo se tensaba en mi interior, pero seguí caminando.

—No es necesario que lo repitas —respondí—. Sé lo que está en juego.

—Me alegra escucharlo.

Di un paso más.

—O mejor dicho… por el bien de tu hijo.

El aire dejó de sentirse igual.

Apreté el bolso con más fuerza.

—No lo repitas —dije sin girarme—. No hace falta.

—Entonces no falles.

No añadió nada más.

No era necesario.

Porque en ese instante entendí que aquello nunca había sido solo un acuerdo.

Y aun así, no me detuve.

Porque detenerme significaba aceptar que él ya había conseguido exactamente lo que quería.

Y no pensaba darle esa satisfacción.

No después de haber firmado mi libertad.

Mi vida.

Y, tal vez… también mi cuerpo.

Porque esta vez no había negociación posible.

Ni condiciones que pudiera imponer.

Solo un acuerdo que ya no me pertenecía…

y una noche que apenas comenzaba.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP