El café El Faro olía a expresó quemado y murmullos, un refugio temporal en el torbellino que era mi vida. Me senté en una esquina, la mesa de madera áspera bajo mis dedos, mientras esperaba a Daniela Moreno. La periodista había prometido un artículo que destriparía a Fernando, y yo había aceptado reunirme con ella, aunque cada fibra de mi ser gritaba desconfianza. El mundo me había enseñado a no fiarme de nadie, no después de Carla, de Fernando, de las traiciones que aún me ardían en la piel co