El destino hace sus jugadas de la manera más inesperada, y eso estaban a punto de descubrirlo Eirin y Ethan.
“Esto no debía repetirse”, pensó Ethan, pero ya es demasiado tarde.
El salón del Hotel Velmont resplandecía con un lujo sobrio que solo el dinero antiguo podía comprar. Candelabros de cristal colgaban del techo abovedado como constelaciones cautivas, y la orquesta interpretaba un vals con la delicadeza de un susurro. Las copas tintineaban, los abogados y empresarios se movían entre mesas