La puerta del pasillo se abrió con un chirrido leve, apenas un susurro de metal rozando madera. Pero para Eirin fue como una detonación. Se quedó inmóvil, con los músculos tensos, como si un simple movimiento pudiera delatarla. Aún sentía el ardor bajo la piel, el temblor persistente en sus piernas, la humedad entre sus muslos como una prueba muda del pecado recién cometido. Su respiración aún era errática, y la de Ethan tampoco se había regularizado. El eco de sus jadeos parecía haberse quedad