Eirin no sabía cuánto tiempo había pasado desde que la subieron a esa segunda furgoneta. Solo recordaba la transición entre el zumbido del motor, las curvas en la carretera y el momento en que la forzaron a bajar. Le habían retirado la mordaza pero sus labios seguían sellados por la tensión. Afuera, la noche era densa, de esas que devoran el horizonte y borran la línea entre el cielo y la tierra.
El lugar era una antigua villa de piedra, en ruinas por fuera, pero habilitada con tecnología de vi