El silencio de la casa se sentía artificial. No era el tipo de quietud que se agradece tras un día largo, sino una tensión latente, como si las paredes contuvieran un susurro invisible. Eirin, se mantenía sentada al borde del sofá de terciopelo gris, mientras mantenía las manos apretadas entre las rodillas. Sus ojos iban de la puerta a la ventana sellada, midiendo tiempos, contando pasos de los guardias que se movían como sombras tras las paredes. Su cuerpo vestía un camisón de seda negra que O