El despacho estaba en penumbra. Las cortinas pesadas filtraban la luz de la mañana como si el lugar se negara a admitir que el mundo seguía girando. El aire olía a a secretos demasiado tiempo encerrados entre esas paredes de caoba y mármol frío. Sobre el escritorio de madera oscura, una carpeta sellada con lacre rojo descansaba como una bomba a punto de estallar. El símbolo de la familia Manchester, grabado en oro tenue, parecía burlarse de su portador.
El hombre que la observaba no era un extr