La noche en Marbella era inusualmente fría para marzo. Lucía estaba sentada en el despacho de Diego, rodeada de monitores que rastreaban cada transacción, cada ruta y cada rumor en el bajo mundo europeo. El luto le sentaba como una armadura; el vestido negro de seda se ceñía a su cuerpo, ocultando el secreto de su embarazo que ahora parecía una carga más que una bendición.
A través de las cámaras de seguridad del ala infantil, observaba a Mateo. El niño no dormía. Estaba sentado en su cama, con