El jet privado rasgaba el aire helado, alejándose de los Alpes como un pájaro herido. En el asiento de cuero blanco, Lucía Vega—ya no Lucía Valdivia, pues el apellido le pesaba como una lápida—observaba la pantalla de la cabina. Las imágenes satelitales mostraban un cráter humeante donde, minutos antes, se alzaba el complejo glaciar de la Hermandad.
No había rastro de Diego. No había rastro de vida. Solo la blancura infinita de la nieve sepultando su mundo.
Mateo, a su lado, estaba sumido en un