La lluvia golpeaba los ventanales del despacho con la cadencia de un metrónomo. Lucía permanecía inmóvil, sintiendo la presencia de la "Versión III" a sus espaldas. El hombre que se hacía llamar Diego desprendía un aura de perfección que resultaba asfixiante; no había ni un poro fuera de lugar, ni un rastro del sudor agrio que el verdadero Diego solía exhalar tras una noche de pesadillas.
—¿Por qué me miras así, Reina? —la voz del impostor era terciopelo—. ¿Acaso no es este el hombre que siempr