El cristal del tanque de Lucía II vibraba con una frecuencia armónica que hacía que los dientes de Lucía dolieran. La copia, esa versión de sí misma sin cicatrices y sin el peso del miedo, estaba viva. Sus ojos, al abrirse dentro del líquido sintético, no eran vacíos; eran de un verde esmeralda idéntico al de Lucía, pero carecían de la chispa de la experiencia.
—¿Lo ves, hija? —Arturo Vega se acercó a la consola con una arrogancia que rozaba lo divino—. Ella es la perfección que prometí. Sin lo