El aire en la bóveda del banco se volvió gélido. En la pantalla de seguridad, la imagen de Vicente Valdivia —el hombre que Diego había visto exhalar su último suspiro en el puerto— era una puñalada a la lógica. Estaba allí, impecable en su traje gris carbón, con la mano apoyada en el hombro de Mateo con una familiaridad aterradora.
—No puede ser... —susurró Diego. Sus dedos se aflojaron sobre el arma y, por primera vez, Lucía vio miedo real en los ojos del Don de Marbella—. Yo... yo puse la tie