El sol de Nueva York se filtraba a través de los ventanales de la oficina de lujo, pero en el rostro del Senador Caldwell, no había un rastro de calidez. Sentado frente a Tariq, su sonrisa era una máscara que no llegaba a sus ojos fríos, una cortesía pulida gracias al ejercicio de la hipocresía practicada por años en la política.
Tariq, en su traje hecho a medida, se sentía como un pez entrando a la boca de un tiburón. Su espacio de trabajo, que siempre había sido su santuario, se había convert