La oficina del fiscal del distrito de Nueva York era un laberinto de expedientes y papeles apilados. Su santuario de la verdad, como Isaac Vance solía llamarlo.
El aire olía a café frío y a la incesante prisa de la justicia.
El fiscal de distrito, con las mangas de la camisa arremangadas, recorría con la mirada un mapa conceptual en la pared. Cada línea, cada nombre, era una pieza del rompecabezas.
La cara de Dylan estaba clavada en el centro, el exnovio de su hermana Eleanor. El hombre que l