Estaban en Central Park, en el mismo jardín donde habían pronunciado sus votos, la misma luz filtrándose entre los árboles de hoja perenne que había visto nacer su leyenda, pero el tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a los reyes.
Tariq Al-Farsi, el Halcón Dorado, estaba sentado en un banco, su cabello, ahora un elegante plata en las sienes, reflejaba la dignidad de décadas bien vividas, la mano que una vez empuñó el poder absoluto estaba firme, pero ahora era más suave.
Eleanor, la Rosa del